Sigo aquí
Hay días en los que siento que llevo casi treinta años caminando con la misma herida. Tengo casi 47 años y, a veces, cierro los ojos y sigo viendo a la chica de 17 que fui. La veo sintiéndose fuera de lugar, intentando encontrar un sitio al que pertenecer, preguntándose por qué parecía tan fácil para los demás sentirse queridos mientras ella vivía con la sensación de no encajar del todo en ningún sitio.
Siempre pensé que el tiempo acabaría curando ciertas heridas. Eso es lo que solemos decirnos unos a otros: "el tiempo lo cura todo". Sin embargo, creo que no siempre es así. Hay heridas que no desaparecen; simplemente aprenden a esconderse hasta que alguien, sin querer, vuelve a rozarlas. Y entonces vuelven a doler con la misma intensidad que la primera vez.
Estos últimos días han sido uno de esos momentos. He dejado un trabajo al segundo día porque mi cuerpo me gritó lo que mi cabeza llevaba demasiado tiempo intentando silenciar. Tres crisis de ansiedad en una sola jornada bastaron para comprender que algo no iba bien. Aun así, no puedo evitar sentir una mezcla de alivio, frustración y fracaso. Alivio porque ya no tenía fuerzas para seguir allí; frustración porque necesitaba que saliera bien; y fracaso porque necesito trabajar, pagar mis deudas, construir una vida digna y sentir que soy capaz de sostenerme por mí misma.
La realidad es que no estoy bien.
No tengo ganas de salir. No tengo ganas de comer. No tengo ganas de hablar con nadie. Y lo que más me duele es que tampoco tengo ganas de crear. Para muchas personas eso puede parecer una tontería, pero para mí crear con mis manos siempre fue una forma de respirar. Dibujar, modelar, diseñar, hacer algo bello... era mi manera de poner un poco de orden cuando todo lo demás parecía roto. Que incluso esa parte de mí permanezca en silencio me asusta más que cualquier otra cosa.
Hay días en los que solo quiero dormir. No porque quiera dejar de vivir, sino porque dormir es el único momento en el que dejo de sentir el peso de todo. Mientras tanto, el mundo sigue avanzando. La gente trabaja, hace planes, se enamora, forma familias, celebra cumpleaños, construye proyectos, viaja, hace su vida. Y yo siento que llevo demasiado tiempo intentando reunir fuerzas simplemente para levantarme de la cama y prepararme algo de comer. Entonces me pregunto cómo se supone que debo cumplir con todo lo que se espera de un adulto cuando, a veces, lo más básico ya me resulta inmenso.
Muchas personas creen que mi mayor problema es la soledad porque no tengo pareja. Yo no creo que sea eso. Lo que echo de menos no es simplemente una relación. Echo de menos tener un hogar emocional. Un lugar donde poder bajar la guardia sin miedo a ser demasiado intensa, demasiado sensible o demasiado complicada. Echo de menos sentir que alguien permanece. Que no tengo que preguntarme constantemente si estorbo o si, tarde o temprano, también se irá.
Quizá por eso busco el amor con tanta intensidad. No porque espere que alguien venga a rescatarme ni porque crea que una pareja vaya a solucionar mi vida. Lo busco porque imagino lo diferente que sería caminar junto a alguien que, de vez en cuando, me dijera: "Hoy el peso lo llevamos entre los dos". Después de tantos años sintiendo que debo sostenerlo todo sola, esa idea sigue pareciéndome una de las formas más bonitas de esperanza.
Mi familia nunca ha sido ese refugio que tantas personas describen. Hay historias que pesan demasiado y que dejan cicatrices que el tiempo no consigue borrar del todo. Durante años he buscado fuera ese lugar seguro que nunca sentí dentro de casa. Quizá por eso me afectan tanto las despedidas y las personas que desaparecen. He ido perdiendo amistades que fueron fundamentales para mí. Algunas se alejaron porque sus vidas cambiaron, porque encontraron una pareja o construyeron una familia. Me alegro de que sean felices, pero eso no evita que, muchas veces, sienta que yo me he quedado esperando en un lugar del que todos los demás ya se marcharon.
Hay algo de mí que mucha gente tampoco entiende. Me dicen que soy demasiado compasiva. Que siempre acabo rodeada de personas con heridas profundas, con traumas, con historias difíciles. Algunos incluso me aconsejan que me aleje de ellas, que ese tipo de personas me hacen daño y que debería protegerme más.
Pero yo no sé ser de otra manera.
Lo curioso es que esas personas nunca llegan a mí diciendo quiénes son o lo que han vivido. Yo no conozco sus historias cuando aparecen en mi vida. Simplemente hablamos y, al cabo de un tiempo, terminan abriéndose conmigo. Me cuentan dolores que llevan años guardando, pérdidas, miedos, abusos, cicatrices invisibles. Y yo escucho.
Escucho porque sé lo que significa necesitar que alguien escuche de verdad. Intento comprender porque sé lo que es sentirse incomprendida. Intento acompañar porque conozco demasiado bien la sensación de atravesar el dolor creyendo que nadie puede sostenerte.
No ayudo esperando que algún día me devuelvan el favor. Lo hago porque me nace. Porque, si yo estuviera en su lugar, me gustaría encontrar a alguien que me mirara con esa misma humanidad.
Quizá esas personas también me han dejado un legado. Me han enseñado a mirar el mundo de otra manera. Me han regalado conversaciones que nunca olvidaré, abrazos que llegaron cuando más los necesitaba y una comprensión del sufrimiento humano que jamás habría aprendido en un libro. No puedo reducirlas únicamente a las heridas que cargaban. Eran mucho más que eso.
Por eso me cuesta tanto cuando alguien me dice que simplemente debería alejarme. Porque no hacer nada también me dolería. Alejarme de alguien que está sufriendo solo para protegerme significaría dejar atrás una parte muy importante de quien soy. Lo único que deseo aprender es a cuidar sin olvidarme de cuidarme, poner límites sin perder la ternura y protegerme sin convertirme en una persona indiferente.
También hay otra fuente de dolor de la que casi nunca hablo: el mundo.
Hace muchos años decidí dejar de ver las noticias porque me hacían demasiado daño. Aun así, las historias siempre terminan encontrándome. El maltrato animal, la violencia contra personas, el sufrimiento de niños, las guerras, la crueldad, la injusticia... tarde o temprano todo llega hasta mí. Y cuando eres una persona profundamente sensible, mirar hacia otro lado no resulta tan fácil como algunos creen.
A veces siento que el mundo es un lugar muy duro para alguien como yo. Me cuesta aceptar la falta de empatía, la normalización de ciertas violencias y la sensación de que, desde mi punto de vista, el clima social y político cada vez se vuelve más agresivo y más polarizado. Quizá otras personas lo vivan de otra manera, pero esa es la realidad que yo percibo y, muchas veces, me hace perder la esperanza.
Hay días en los que el peso de todo eso es tan grande que fantaseo con dejar de cargarlo. No porque no ame la vida. Al contrario. Creo que precisamente porque la amo tanto me rompe el corazón verla herida. Amo los bosques, los animales, las mariposas, los elefantes, las personas que aún son capaces de actuar con compasión, la creatividad, la belleza sencilla de una flor silvestre. No he dejado de amar la vida. Lo que ocurre es que, a veces, vivir duele demasiado.
Hay otro duelo del que casi nunca hablo.
El de no haber sido madre.
Desde los dieciséis años soñé con tener un hijo o una hija. Durante mucho tiempo imaginé esa parte de mi vida. Sin embargo, llegó un momento en el que renuncié a ese sueño porque sentía miedo. Miedo de que pudiera heredar parte de mis dificultades, de mis enfermedades o de este dolor tan profundo con el que convivo. No podía saber cómo habría sido su vida, pero ese miedo fue suficiente para tomar una decisión que todavía hoy me rompe el corazón.
No fue una decisión nacida de la falta de amor. Todo lo contrario. Fue una decisión nacida del amor y de la responsabilidad con la que yo entendía ese momento de mi vida. Quizá otras personas habrían decidido de otra manera. Yo no pude.
Y todavía hoy, cuando veo una madre abrazando a su hijo o una familia caminando por la calle, hay una parte de mí que recuerda la vida que imaginó y que nunca llegó a existir.
A veces me pregunto si el problema soy yo. Otras veces pienso que simplemente nací con una sensibilidad que hace que todo llegue demasiado hondo. Una palabra amable puede acompañarme durante semanas, pero una indiferencia también puede quedarse viviendo dentro de mí durante años.
Y, sin embargo, hay algo que todavía no se ha roto.
Sigo emocionándome cuando imagino un mundo más compasivo. Sigo soñando con trabajar algún día rodeada de naturaleza, de animales y de belleza. Sigo creyendo que crear puede cambiar, aunque sea un poco, la vida de alguien. Sigo sintiendo que la ternura es una forma de resistencia.
Quizá esa sea la parte de mí que nunca consiguió romperse.
Escribo todo esto porque estoy cansada de fingir que estoy bien. No busco dar pena ni que nadie venga a rescatarme. Solo necesitaba dejar constancia de la verdad. Necesitaba que estas palabras existieran en algún lugar, porque llevarlas siempre dentro empieza a ser demasiado pesado.
No sé dónde estaré cuando vuelva a leer este texto. Ojalá la mujer que lo relea pueda abrazar a la que lo escribió y decirle que, aunque tardó mucho tiempo, encontró personas con las que bajar la guardia, un lugar donde sentirse en casa y motivos suficientes para seguir creyendo que el mundo también puede ser un lugar amable.
Y si todavía no los ha encontrado, espero que al menos conserve aquello que nunca ha querido perder: su capacidad de cuidar, de crear, de emocionarse y de seguir creyendo que la compasión, incluso en los días más oscuros, sigue siendo una forma de esperanza.
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