Si crees que el TOC son manías, este texto es para ti



Durante mucho tiempo, otras personas han llamado a lo que me pasa “manías”. Lo han reducido a ser ordenada, intensa o demasiado detallista. Pero yo siempre he sabido que no era eso. Porque lo que vivo no se parece en nada a una preferencia o a un rasgo de personalidad. Es algo que irrumpe, que insiste, que desgasta.

Y no solo es una simplificación: es una falta de respeto. Decir “yo también tengo TOC” porque te gusta el orden, porque alineas objetos o porque te incomoda el desorden trivializa un trastorno que puede ser profundamente incapacitante. Reduce una experiencia compleja y dolorosa a algo casi anecdótico. Y quienes lo vivimos sabemos que no tiene nada de anecdótico.

El TOC, no tiene que ver con lo que me gusta o prefiero, sino con lo que aparece sin que yo lo elija. Son pensamientos intrusivos, repetitivos, muchas veces contrarios a mis valores, que llegan con una sensación de urgencia difícil de explicar. No son pensamientos normales que puedas dejar pasar. Se sienten importantes, peligrosos, como si ignorarlos tuviera consecuencias.

Y ahí empieza el bucle. La duda constante. La necesidad de asegurarme, de comprobar, de analizar. Porque el TOC no busca respuestas razonables: busca certeza absoluta. Y como esa certeza no existe, mi mente sigue intentando encontrarla, una y otra vez.

Mis compulsiones (así se llama a los rituales que hacemos para escapar a esta ansiedad)  a veces son invisibles. Procesos mentales que nadie ve: repetir cosas internamente, revisar recuerdos, intentar neutralizar pensamientos, buscar sentirme “segura”. Pero otras veces sí se ven. Y cuando se ven, pueden parecer absurdas desde fuera.

He tenido que hacer cosas que, vistas desde fuera, no tienen sentido. Pero no las hago porque quiera, ni porque me gusten. Las hago porque siento que, si no lo hago, algo malo puede pasarle a alguien que quiero. Y esa sensación no es leve. Es intensa, urgente, angustiante. No hacerlo no se siente como una opción tranquila, sino como asumir un riesgo insoportable.

Ha habido momentos en los que el TOC ha sido tan incapacitante que ha afectado a lo más básico. Días en los que no he podido vestirme porque ciertos colores me daban miedo, porque mi mente los asociaba con algo negativo. Momentos en los que no he podido decir lo que necesitaba porque determinadas palabras, o incluso letras, me generaban una angustia imposible de atravesar.

Voy a contar una experiencia, por poner un ejemplo, sólo una, pero imagina sentir esto cada día, todos los días, en cualquier entorno, quizás así puedas ponerte en nuestro lugar: Recuerdo una vez (esa es otra, no olvidamos lo que nos resulta traumático), en la universidad, estudiando en Tenerife, estar en mi casa sabiendo que mi padre iba a venir desde Lanzarote. Tenía tanto miedo que le pasara algo, que mi respuesta a los pensamientos intrusivos horribles fue la compulsión de quedarme de pie dentro de una baldosa hasta que llegara mi padre sano y salvo a casa. No podía sentarme, no podía ir al baño, no podía comer y no podía salirme de las líneas... Así pasé seis largas y angustiosas horas sola con mi mente, nunca lo olvidaré.

Así de incapacitante puede llegar a ser.

A todo esto se le suma algo que forma parte de cómo soy: la alta sensibilidad. Ser PAS no es solo “sentir más”, es procesar más profundamente todo lo que me rodea. Los estímulos no pasan sin más. Se quedan. Se amplifican. Se conectan. Una imagen, una conversación, una noticia… pueden quedarse dentro durante mucho tiempo.

No tengo un filtro fácil para lo que me afecta. Mientras otras personas pueden desconectar, yo sigo procesando. Mi mente sigue, mi cuerpo sigue, mis emociones siguen. Y eso hace que muchas veces viva en saturación.

Dentro de esa sensibilidad hay algo aún más intenso: la hiperempatía. No solo entiendo el dolor de los demás, lo siento como si fuese mío. El sufrimiento no se queda fuera, entra. Se instala. Pesa.

Y cuando esa hiperempatía se mezcla con el TOC, ocurre algo especialmente doloroso: los pensamientos intrusivos atacan precisamente aquello que más me importa. Si me importa no hacer daño, mi mente me lanza pensamientos sobre hacer daño. Si me importa cuidar, aparecen dudas constantes sobre si estoy fallando.

Y como lo siento todo tan profundamente, cada uno de esos pensamientos duele más.

También aparece una sensación constante de responsabilidad emocional. Como si tuviera que hacer algo, arreglar algo, evitar algo… incluso cuando está completamente fuera de mi control. Y cuando no puedo, aparece la culpa.

A esto se le suman rasgos de TDAH (cosa que estoy descubriendo poco a poco y que da sentido a mucho de lo que me pasa) que hacen que todo sea aún más difícil de regular. Mi atención no es estable. Mi mente salta, se engancha, se pierde o se queda atrapada. Puedo pasar horas en un bucle sin darme cuenta, o no conseguir organizar lo básico.

Eso también ha afectado a cómo me cuido. Comer mal, a deshoras, no parar, no escuchar mi cuerpo. No porque no me importe, sino porque muchas veces he estado centrada en sostener otras cosas, en no fallar, en cumplir con lo que sentía que debía hacer, muchas veces por alguien importante en mi vida.

Durante años viví así: en modo supervivencia. Aguantando, funcionando, ignorando mis propios límites.

Y el cuerpo, tarde o temprano, pasa factura.

Desarrollé diabetes en un contexto de estrés sostenido y desregulación. Y más adelante, epilepsia parcial compleja, en un momento en el que mi sistema nervioso ya estaba al límite. Mi cuerpo empezó a expresar lo que durante mucho tiempo no pudo sostener más.

Y en medio de todo esto, hubo algo que añadió otra capa de dolor: el abandono y la incomprensión de personas importantes en mi vida. Intenté explicarme, pero no siempre fui entendida. Algunas personas se alejaron, otras no supieron quedarse.

Y eso duele de una forma difícil de describir. Porque no es solo la pérdida, es lo que activa dentro: la sensación de ser demasiado, de no poder ser sostenida, de que hay algo en mí que hace que los demás se vayan.

Y lo más contradictorio es que, incluso ahí, sigo entendiendo a los demás. Mi empatía no desaparece cuando me hacen daño. Puedo ver sus límites, sus dificultades. Pero eso no quita lo que duele.

Mi mente, además, no deja de intentar entender. Reviso, analizo, busco el punto en el que todo cambió. Intento encontrar respuestas que me den paz. Pero el TOC convierte esa búsqueda en un bucle infinito.

Así que no, no son manías. Y decir que lo son no solo es incorrecto, es injusto.

Lo que hay aquí es una combinación compleja: una mente que busca certezas imposibles, una sensibilidad que lo amplifica todo, una empatía que absorbe el dolor, una atención difícil de regular, un cuerpo que ha sostenido demasiado y relaciones que no siempre han podido acompañar esa complejidad.

No es algo que se pueda resolver con un “no pienses tanto” o un “relájate”. ¡Y cómo fastidia que te digan eso!

Es vivir con una intensidad constante, con una profundidad que a veces pesa más de lo que puedo sostener.

Pero también estoy empezando a ver algo, poco a poco. Que quizá no soy “demasiado”, sino que he estado demasiado tiempo sosteniendo demasiado, sin el cuidado ni la comprensión que necesitaba.

Y que empezar a entender esto no lo soluciona todo, pero sí cambia algo importante: dejo de verme como el problema, y empiezo —aunque sea poco a poco— a tratarme con más verdad y, quizá algún día, con más cuidado.


NOTA: Por favor, cuando alguien (o tú mismo) diga "tengo TOC" por una manía, corrígele, y si puedes, enséñale este texto. Gracias

Comentarios

Entradas populares